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martes, 22 de febrero de 2011

Para el Tano

De Pater y Medina



Desde algún luminoso rincón de los años
envuelto en azulado smog de cigarros
que todo lo contamina a tu llegada
regresa el andar macizo de tu porte,
firme como un tronco, recto y erguido,
de brazos que arriman aguante a cualquier causa,
por el mero hecho de ser nuestra.

Tesón compañero,
a los gritos si hace falta,
con la critica fácil de asomar
en esa garganta de dragón
que todo lo calcina.

Dedo mocho naufragando
a todo exceso que se ofrende
generosamente compartido
videojuegos, escabio, puchos o metal,
todo celebración y todo lucha.
Siempre eludiendo dejar entrever aquella pena
que intuimos merodear tu alma en el silencio,
por que ser el fuerte entre nosotros
fue tu vocación
y la cumpliste.

Trocando tu cabellera vikinga por
una no menos recia calva de matón;
partiste un día, así de pronto.
Para hacer Patria allá adonde
ni sospechábamos posible de intentarse.

De cuando en cuando llegan hoy
noticias de tu suerte, tu mujer
o ese solcito que es la baba de tu casa…

Y se nos hace la ilusión de que vuelve el rol,
con sus madrugadas extasiadas
Entre Gouls, tiroteos, verde mate tiñenendo los pjs, dados raros y biscochos.

A la mejor ya estamos grandes,
pero nuestro deseo es reincidir,
arrebatándole al menos una vez al año
ese privilegio de tenerlo en nuestra mesa.
De sentirlo cerca, hermano y compañero
Como finalmente a estado siempre.
Como jamás podremos dejar de estarlo ya.

lunes, 24 de enero de 2011

El gusanillo del juego

Derribando a los dioses,
arrebatémosle su trueno y con este fulgor
azotemos la vida que no nos plazca o nos llene de miedo.
MARQUES DE SADE - LA VERDAD (1787)

Fuera de la lógica de Cazador a la que una inconmensurable mayoría excluida de este orden social a arrojado; esta modernidad, tardía y fragmentariamente periférica en nuestro caso, va fagocitando toda expresión de potlash. Para luego reintegrarlo de modo reglado a la esfera del consumo. Pocas son las cosas que escapan al planificado resguardo de la mercantilización como simulacro de elección trascendente. De religación con lo sagrado. En un mundo en el que ya ni siquiera los duelos por honor son tolerados por la chachara civilizatoria, el amor y la acción política aparecen, tal vez, como los últimos reductos en los que alguien pueden decidir verdadera y soberanamente ponerse en juego. Arriesgar irracionalmente la comodidad de lo acumulado para entregarse a una causa que dialogue con algo más trascendente que una pequeña necesidad satisfecha.

La exploración de esos laberintos que si bien, absolutamente contenidos en el ordenamiento mercantil del mundo, de vez en cuando habilitan la ilusión de desestabilizar el tedio, me llevo hasta ese lugar. No se trataba de un póker clandestino ni del hipódromo en el que Chinaski pasa los días en El Cartero. Ni siquiera un casino, apenas un bingo conurbanense, de esos que tienen tragamonedas como principal atracción.

Alli, en su anestesiador fulgor de luces y audios electrónicos que se repiten seriadamente hasta el aturdimiento. En un forzado despliegue de confort alfombrado y gaseosas invitadas por la casa, bajo la luz artificial que día y noche encubre el transcurrir de las horas, llegan desde las señoras paquetas hasta los obreros del recambio de hora. Persiguiendo la quimera de arrebatarle una pequeña porción de suerte a su malograda vida, una multitud taciturna se agolpa en torno al enceguecedor glamour de rayos catódicos y personal gentil.

Los motivos se han desplazado de la sobriedad que la realeza de la baraja de poker exhibe para occidente desde hace varios siglos hasta otras tantas figuras que amenizan la falacia de un mundo de plena e inofensiva diversión. Así, motivos que van desde exotismos egipcios hasta despliegues de gala de prestidigitador son conjurados por los pequeños universos electrónicos que impúdicamente se valen del Gato Felix, Alien, la iconografía de la revista Plaiboy o el serial televisivo de El llanero Solitario de los 50s para urdir un hechizo procaz pero efectivo.

La operación consiste en hacer tolerable durante esas horas el pecado contra el que la cultura martilla desde nuestra mas tierna infancia, la desmedida y el exceso que concitan una furia helenística ancestral. Para ello, este crimen debe diluirse en una serie de abstracciones que coqueteen con el olvido de las sumas allí puestas a riesgo. Las maquinitas no mencionan cifras, sino créditos. Traducibles estos, en determinadas fichas de la casa, que lógicamente tienen su contrapartida en la primera abstracción de todas: El dinero (valor de cambio hipotético de la fuerza de trabajo, alineación fetichista por excelencia nos diría cualquier marxista).

Las madrugadas están atestadas de solitarios. Y yo me convierto en uno más. Un cazador ritualista en busca de “la maquina que paga” tal es el argot circulante entre los habitúes. Al fin de cuentas desde hace algunos años, me digo, el amor no ha sido mí elemento. De modo que tal vez el juego pueda encerrar una experiencia mas grata. Pero un perdedor es un perdedor siempre y esa es una lección que a menudo pretendemos encubrir con proverbios tranquilizadores.

Juego un solo crédito por línea pero en las 15 líneas. De vez en cuando pruebo jugar en los dos sentidos. Contra toda lógica, los jugadores frotan lascivamente la pantalla de los tragamonedas con la esperanza de ejercer algún influjo sobre el resultado de una jugada cuyo algoritmo de ejecución ya esta dictaminado por un programa que desconoce el concepto de buena o mala fortuna. He allí otra irracional muestra de fe que persiste ante la secularización del proyecto moderno.

De vez en cuando la maquina traga algún vuelto y hay que llamar al servicio técnico, que se demora adrede para que uno no deje de apostar en alguna maquina aledaña durante la espera. Luego la empleada, de una elegancia rubia ensortijada impecable, nos dice con su mejor sonrisa que lo que vimos en la pantalla no es más que una representación, de modo que no queda otro recurso que putearse con el jefe de sala e insultar a su familia hasta que seguridad nos obligue a retirarnos por la puerta de atrás. Tramite engorroso e inconducente al que extraña vez se recurre.

Pocas cosas son más tristes que los placeres solitarios. Y aquí se ceban ancianos sin demasiado ya por hacer, cuarentonas en crisis matrimonial que subliman su libido en sementales de hipódromo electrónico y empleados que en su empeño de abandonar su desgastante rutina de privaciones dilapidan culposamente el salario del hogar.

¿Cual es el ciego misterio que reúne aquí todas las noches a toda esta gente para hacer algo que en nada nos relaciona? El mismo que reúne a una audiencia en una sala de cine podría replicárseme, absolutamente nada nos pone en contacto, pero así funciona el negocio.

Sin embargo hay una diferencia entre el pasivo consumo del arte que el guión de su mercantilización establece como desapasionada posibilidad de retorno a lo sagrado y este otro ritual, acaso mas antojadizamente cínico. Aquí, muy a pesar de que las estadísticas juegan del lado del taur, el sentido en torno a su participación radica en su propia imprevisibilidad. Un sobrecogedor impulso de fascinación con el riesgo, no necesariamente material, sino profundamente espiritual nos impulsa como a Moisés frente a la zarza ardiente del desierto. Es que a pesar de la santurronería cristiana respecto a la experiencia sacral, solo el embriagador resplandor de lo que trasciende las posibilidades humanas arrebatándolo de la sórdida producción y reproducción de su vida material, otorga en ese caos la vivificación que produce la revelación de esa otredad radical, sublime o terrible, la Divinidad.

Puede atisbarse la cara de Dios en el guiño o la bajada de pulgar de la fortuna. El azar, como los desastres naturales que originaron los primeros cultos chamánicos para apaciguar la ira de los espíritus y demonios de la naturaleza, se escurre de la pretensión de previsibilidad que los seguros sociales tratan de naturalizar, para sacar a luz ese primigenio impulso de estupefacción ante un poder que irreductiblemente determina nuestro destino.

Otra apuesta de suma cero. La legítima tiranía de la fortuna se hace hallazgo que nos desborda y arrebata de la fosa profana. Como la inmediata confirmación del impacto de nuestro puño frente al mentón de un canalla o el hallazgo de la emergencia del orgasmo en el rostro amado. Quien no pueda leerlo así, sencillamente no ha comprendido nada del misterio teológico ni de las experiencias mundanas.

Para el final de la jornada regreso furioso, estableciendo improbables conexiones entre lo hecho y lo que debí hacer en determinados momentos de la noche para una vuelta a casa con mas dignidad en los bolsillos. “yo no soy socialista – dice el padre contador de un amigo – pero el capitalismo es timba!”. Y así es, pero para colmo de males, la casa siempre gana.
Septiembre del 2008
Publicado orinalmente en:

jueves, 13 de enero de 2011

Samsara...

Algunas veces la realidad nos aturde como un rumor avasallante y angustioso. Otras en cambio, se nos presenta tan transparente que su claridad meridiana no puede a los espíritus paranoicos como el de un servidor, menos que generar sospechas.

Morir y resucitar continuamente puede ser algo fatigoso para cualquiera. Pero a eso estamos llamados. Tal es el ciclo que nos antecede y trasciende en ese maravilloso caos sagrado en el que danzan sabiamente las esencias que preferimos olvidar.

Poner la otra mejilla y hacer carne la escupida injusta e inmerecida. Sin victimizaciones. Respirando hondo con la profunda serenidad de quien ya hace mucho a escogido para si una senda irrenunciable.

Tener la mano próxima a la espada y no permanecer indiferente ante al dolor. No ser cómplice con la desesperanza que no es más que otro rostro, acaso el más sombrío, de la muerte. No dejar nunca de celebrar el milagro del encuentro y la desbordante exuberancia de la vida. Tal es la jornada que elijo para que la parca venga a mi encuentro.

Hoy, mate en mano y en la intima soledad de una noche serena me visitan viejos conocidos. Las dulces promesas de amor que seguramente fueron verdades visceralmente acuñadas durante el frágil instante que contuvo su pronunciamiento. La sonrisa cómplice de un amigo que en la mala me reconoce entre los que sabe que puede contar. La contingente e inadvertida ternura de un momento familiar. El desencajado rictus de un enemigo cuando la verdad que sostengo se abre paso dejándolo en vergonzosa deshonra.

La imagen dialéctica, se compone de una mónada que sintetiza lo sido y el hora. Lo sido, sin embargo, dista mucho de ese dato del pasado, causal y empíricamente constatable. Antes bien, representa lo nunca acaecido pero que siempre esta acaeciendo. Su recuperación plantea el desafío de una reapertura de la historia. De un cepillar la historia a contrapelo hasta que surja, con la plenitud de un relámpago en media noche, una verdad en la que todo nos será revelado.

Los espectros que me visitan en el recuerdo podrían también retomar el amargo sabor de la decepción latente en cada uno de ellos. Esa seria otra faz posible de lo sido, y una decisión política soberana sobre el sentido de mi propia biografía. Al fin de cuentas el universo no es mas que voluntad.

Desde esa posibilidad, el sarcasmo es una tentación muy fuerte. Es una defensa legítima contra el absurdo de lo inmerecido. Una replica para dañar la integridad de la injusticia. Pero también, un paso más hacia el cinismo. Una forma del humor que engendra una visión del mundo que homologa el cambalache, demostrando que librados a una canallesca contingencia, no hay en esta vida razón alguna para sustentar la conveniencia de la virtud o el heroísmo. Esa, no es la verdad en la que he elegido creer.

Sin duda la risa es poderosa. Como contracara del llanto es una de las fuerzas que trama el sentido de nuestro paso por la tierra. Pero la insolencia de esta pierde en el estatus que uno tiene para con la solemnidad de las lagrimas. Que siempre parecen visitarnos en momentos trascendentales o de profunda gravedad. La dicha fecunda, el dolor da a luz, reza un aforismo de Blacke.

La risa emerge silvestremente entre los vaivenes del ajetreo cotidiano y a diferencia que el llanto no nos reclama tributo, sino que es pura gracia. Y como todo don, guarda para nosotros la decisión sobre su uso. El sarcasmo es su expresión mezquina, ya que es una violencia autoafirmativa del ego. Surgida de la impotencia ante una violencia anterior, pero que agrede el estatuto mismo del don, que solo es dado para brindar felicidad.

Además, mientras que la burla, con su particular impronta de espontaneidad, deja entrever el carácter precario y ambivalente de esas cuestiones que pretendemos sostener a fuerza de artificiosa solemnidad, cuestiona y rehabilita en un movimiento escatológico que tiene por finalidad la regeneración de la vida.

El sarcasmo, en tanto, es quizá más agudo en su estocada. Pero a diferencia de la burla, es fatalmente impotente para resucitar y regenerar lo herido.

Asumirnos como seres finitos, capaces de lo peor y lo mejor. Apenas destellos discontinuos en una gran rueda que generosamente mata y engendra. Portadores de un don y un tiempo limitado, pero no por ello inconmensurable en su experiencia. Saber muy en el fondo que se puede acceder al infinito mediante la propia finitud. Ese es el misterio que nos impulsa, a cada quien de las mas diversas maneras. Decidir cual o cuales son los caminos que arribaran al misterio y justificaran nuestro transito por este mundo y en la reapertura, que sobre nosotros, pueda hacerse de la historia es el imperativo existencial que nos reclama.


Noviembre de 2009

Publicado originalmente en:

Lasanabeligerancia.blogspot.com